TESTIMONIO DE…

Mi nombre es Juan Reyes Fabián Beltrán y este es mi testimonio vocacional. Nací en Monte Plata, el día 6 de enero del año 1972, soy el 7mo. de 9 hijos que tuvo el matrimonio de Placido Fabián y Luisa Beltrán del Rosario.
Nací justo el día de los Reyes Magos o día de la Epifania del Señor, de ahí que mi segundo nombre sea Reyes. Por causa de la pobreza, en mi niñez, se me dificulto mucho estudiar por lo que, al no poder ejercer este derecho como lo hacen todos los niños, me he considerado como una persona dichosa, un "sacerdote analfabeto", pues prácticamente no hice la primaria.
A mediado de los ’80 fue por mi comunidad, durante una “Semana Vocacional”, un seminarista a través de cual, Dios me hizo el llamado al sacerdocio, sin embargo, yo no hice caso, pues no lo creí, por varias razones, entre ellas, complejos de inferioridad que tenían mi persona por casa; cinco (5) años mas tarde otro seminarista fue a mi comunidad y como yo lo acompañaba en la misión, este aprovechó el momento y alimentó la vocación que habían sembrado en mi 5 años antes; Como no tenía estudios y no creía volver a tener esa posibilidad, me creía viejo, pero Dios a través del seminarista, dijo: "Nunca es tarde" y esa frase fue muy convincente, pero no me hicieron creer en el llamado de Dios para ser sacerdote, para mi eso era imposible.
Un día estaba yo en la galería de la casa de mi hermana, donde vivía y llegó un señor: alto, delgado, negro, y feísimo, este hombre, después de saludar, preguntó: "¿Es aquí que vive un joven llamado Juan Reyes?" Yo le dije: "Sí, soy yo"; el me dijo: "Yo soy el P. Julian Valdez" Cuando dijo "P. Julian Valdez", les aseguro que algo me subió de pies a cabeza, era la autoestima. El padre siguió hablando y me dijo cual era la razón por la que él había ido a mi casa, era el responsable de la pastoral Vocacional de la Arquidiócesis de Santo Domingo, es entonces cuando creí en la llamada de Dios.
El sábado 25 de abril de 1992 asistí a mi primera Jornada Vocacional y no falte a ninguna hasta que fui elegido el domingo 22 de mayo del 1994. El día 20 de agosto del año 1994 entré al Seminario Menor Santo Tomás de Aquino, hoy Seminario Menor Jesús Buen Pastor, donde cursé el bachillerato, en el Colegio La Hora de Dios graduándome en el 1998, ese mismo año, en el mes de agosto, entré en el Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino donde cursé las licenciatura en Filosofía (1998-2002) y la licenciatura en Ciencias Religiosas (2002-2006); el 27 de febrero del 2006, día de San Gabriel de la Dolorosa, fui ordenado y enviado como “Diácono Adjunto” a la Parroquia Nuestra Sra. De América Latina (Guadalupe), en Sabana Perdida, Santo Domingo Norte y el 18 de noviembre del mismo año fui ordenado sacerdote por Su Eminencia Reverendísima Mons. Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, en la Catedral Santa María de la Encarnación, Zona Colonial.
Fui enviado entonces como vicario a las parroquias: Espiritu Santo, San Francisco de Asis, Resurrección del Señor y Nuestra Señora del Carmen, todas en Villa Mella; siete (7) meces después fui enviado al Seminario Propedéutico como vicerrector y Director de la Pastoral Vocacional Arquidiocesana; once (11) meces después fui enviado a la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, en Ceuta Villa Mella; dos (2) años después fui enviado a Guerra, diez (10) años después fui enviado a la Parroquia Presentación del Señor y cuatro (4) años mas tarde, director de la Pastoral Vocacional de la Diócesis Stella maris.

Nació el 27 de agosto de 1965 en Los Haitises de Bayaguana, provincia de Monte Plata, en el seno de una familia numerosa y practicante de la fe católica. Fueron sus padres los señores Marcos Ruíz y Dominga de la Rosa. Es uno de dieciséis hermanos.
Ingresando al Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino de Santo Domingo, obtuvo la Licenciatura en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en Ciencias Religiosas por el mismo seminario. Ordenado sacerdote el 10 de julio de 1993 y de obispo, el 8 de noviembre del 2025.

Mi nombre es Carlos De Jesús Jacques y este es mi testimonio. Nací el 16 de diciembre de 1995 en San Antonio de Guerra, en el seno de una familia trabajadora, unida y profundamente marcada por la fe. Mis padres, Silveste Jacques y Olegaria de Jesús Ortiz, me transmitieron desde pequeño el amor a Dios, el valor del trabajo y el respeto por los demás. Junto a mis hermanos crecí en un ambiente de cercanía, diálogo y apoyo mutuo, elementos que han influido significativamente en mi manera de ser.
Crecí viendo a mi padre entregarse a las labores de la agricultura y la ganadería, trabajos que me enseñó y que realicé junto a él, y a mis madres al cuidado del hogar. De ellos no solo aprendí el valor del esfuerzo tesonero y la resiliencia, sino también el pilar más grande de mi vida: un profundo amor y temor de Dios.
En mi casa, los hermanos aprendimos a amarnos, a cuidarnos y a resolver cualquier diferencia a través del diálogo. «Los hermanos no pelean», nos decía siempre mi mamá. Esa fraternidad y el ejemplo de fe de mis padres sembraron en mí la semilla de lo que soy hoy.
Aunque el celo pastoral de los sacerdotes diocesanos de mi parroquia, su cercanía con la gente y su dedicación al servicio fueron para mí un signo claro del llamado de Dios e influyeron en mi discernimiento vocacional; mi verdadera confrontación con el querer de Dios ocurrió en un lugar inesperado: el asilo de ancianos de mi comunidad natal. Allí, al contemplar la entrega de las Hermanas Misioneras de la Caridad hacia los ancianos más necesitados, descubrí un testimonio vivo del amor de Cristo; colaborando junto a ellas, mi vida cambió. Mi fe fue madurando a través de la oración, la lectura de la Palabra y la participación en diversas experiencias eclesiales.
Ver a esas monjas entregarse con un amor sobrehumano al cuidado de los abuelitos —muchas veces enfermos, desatendidos o difíciles— me conmovió profundamente. En la entrega de esas hermanas y en el rostro de cada anciano, yo vi el verdadero rostro de Cristo. Esa experiencia despertó en mí la pregunta vocacional que me acompañaría durante años: ¿Qué quiere Dios de mí? Comprendí de golpe que la fe no se queda en palabras; se manifiesta en acciones concretas.
Al principio, cuando las hermanas me preguntaban si quería ser sacerdote, mi respuesta rotunda siempre era un «no». Sin embargo, la pregunta me perseguía por dentro: ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? Empecé a visitar el Santísimo Sacramento todos los días, pidiéndole señales al Señor. Con paciencia y amor, Él respondió a mis dudas y me dio la certeza necesaria para dar el paso.
Con el tiempo, y tras un proceso de oración constante ante el Santísimo, reconocí en mi corazón la invitación del Señor a seguirlo más de cerca.
Mi camino continuó en el seminario menor, estudié en el Instituto San Juan Bautista de La Salle, donde concluí el bachillerato en 2016; año en que pasé al Pre-filosofado en la Arquidiócesis de Santo Domingo. Elegí esta comunidad por su carisma y por el deseo ardiente de trabajar para todos, sin excepciones.
Como la naturaleza que se renueva día a día, o como un niño que crece, tropieza y se vuelve a levantar, mi vida espiritual ha ido madurando. He aprendido que antes de ser cristianos o sacerdotes, somos humanos, y que nunca debemos perder el sentido común ni la coherencia con el Evangelio.
Mi vocación se ha fortalecido a través de la formación recibida en el Seminario, la participación en movimientos eclesiales como Shöenstatt, el Camino Neocatecumenal y grupos carismáticos, y el deseo permanente de configurarme con Cristo Buen Pastor.
A mis 29 años, mi gran meta es concluir mi formación, ser ordenado y entregarme por completo a donde la Iglesia me envíe. Aspiro a ser un sacerdote cercano, disponible, amante de los pobres y fiel al Evangelio; un hombre capaz de acompañar, escuchar y servir sin distinción; un sacerdote que refleje a Dios en cada acción, que no se quede encerrado en el templo, sino que salga a buscar a las ovejas perdidas, comparta con todos y vea a Cristo en los descartados de la sociedad. Confiando en la gracia de Dios, pongo a su servicio mi disponibilidad, mi resiliencia y mi amor por los más pobres.
Con humildad reconozco los desafíos del camino, pero también las gracias recibidas. Mi ideal sacerdotal se fundamenta en la coherencia de vida, la centralidad de la Palabra, la entrega pastoral y la búsqueda constante de la santidad.
"Las palabras convencen, el testimonio arrastra…" Si tienes un testimonio vocacional interesante que quisiera dar a conocer, me lo puedes compartir en:
pastoralvocacionaldsm@gmail.com
